miércoles, 13 de enero de 2010

El coleccionista

Cuento corto y algo tonto escrito hará un par de años. La culpa la tienen los periódicos, que regalan cosas inútiles y me dan malas ideas. 



Podría decirse que era un coleccionista compulsivo, Podría decirse, sí, pero seguramente eso resultaría ser un eufemismo. Lo suyo era más bien una desenfrenada pasión por las cosas en fascículos. Encontraba un placer morboso en acercarse al quiosco de la esquina en círculos, medio agazapado entre los coches, como un depredador de la selva urbana, y saltar sobre Trini, la propietaria del negocio, agitando en el aire la cartilla de esa semana. Los compraba todos; La Vanguardia, el Periódico, el ABC, el Mundo, el Marca, el País, Mundo Deportivo, el Sport, todos eran introducidos en una misma bolsa y permanecían allí, incómodos y apretados, mirando a sus enemigos editoriales con suspicacia. Al llegar a su casa se sentaba en una silla junto al balcón, bien iluminado. Tenía unas tijeras afiladas y recortaba pulcramente el cupón diario, regocijándose con el chirriar de las dos hojas al cercenar el papel, y luego los pegaba en su lugar perfectamente alineados utilizando pegamento de barra, un día detrás del otro.
En realidad no le importaba qué regalaban con cada periódico, a él lo que le fascinaba era el ritual diario de comprar, recortar, pegar y, una vez la cartilla estaba debidamente cumplimentada, recoger el artículo en cuestión por un precio realmente económico o, a veces, gratis.

Él era feliz así. Muy feliz. Pero la felicidad, como todas las cosas de la vida, a veces se trunca.

Ese día (era sábado por la mañana de invierno, frío pero soleado) caminaba conteniendo las ganas de saltar de impaciencia. Por fin recibiría la primera entrega de una nueva colección: cuchillos de diseño. Estaba especialmente emocionado porque habría una cada semana hasta completar toda la vajilla, mientras que a menudo el regalo sólo llegaba tras meses de árduo trabajo, mientras que tamaña frecuencia le reportaría grandes dosis de emoción extra.

Ni siquiera tuvo la paciencia de confundir su silueta con el entorno ni de avanzar en dirección contraria al viento. Sujetaba fuerte la cartilla en los dedos, y Trini le dedicó una sonrisa que navegaba entre lo afable y receloso. Había algo en la mirada de él, en la forma de mover sus grandes ojos oscuros a uno y otro lado sin cesar, que le hacía venir sudoraciones frías y castañear los dientes, así que tenía su paquete preparado y listo para que se fuera como antes mejor.

Él le tendió el rectángulo de cartón de colores brillantes.

Ella le entregó el cuchillo embalado en plástico de burbujas.

Dándose la vuelta, el coleccionista salió del quiosco.

Quizá si Trini no hubiera cometido el fatal error de comprobar la cartilla, si hubiera confiado en que todo estaba correcto, como siempre, si no le hubiera llamado para comentarle que faltaba uno de los cupones y que lo lamentaba pero tendría que devolverle el paquete ( y si, sobretodo, el traicionero cuadradito de papel de periódico no se hubiera despegado de su soporte para vivir aventuras transportado por la brisa) nada habría ocurrido.

Nada como que él abriera mucho los ojos, incrédulo, que negara la evidencia de que allí donde debería estar el cupón del día quince de enero sólo había un espacio atronadoramente vacío.

Que, desesperado, brandiera el cuchillo en el aire y acabara tomando a Trini como rehén.

Varias horas después, el juez de guardia, un hombre jóven pero de sienes canosas, meneó la cabeza mientras firmaba el acta de defunción

–Es como una epidemia – le comentó, apenado, al forense–; empiezan con una batería de cocina, un mp3, un patinete a motor, y terminan así. Una pena. Han hecho falta media docena de tiros para abatirle.

El forense mordía pensativamente su bolígrafo–. Sí, una pena. Ya van tres esta semana–, dijo, y volvió arrastrando los pies hasta su coche.

Mientras dos de sus subordinados retiraban el precinto policial, el juez pasó una mano por sus plateadas sienes y miró a su alrededor, de pie junto a la camilla. Hubo el crujir de bolsa de plástico negra al abrirse, y, el chasquido de una cámara de fotos. No era una cámara de fotos de verdad, pero era el sonido que tenía preconfigurado en el móvil, porque en el fondo era un romántico.

Al llegar a casa imprimiría la foto y la recortaría pulcramente, con la punta de la lengua asomando de la comisura de los labios, para pegarla en su álbum.

A final de mes no le darían nada, pero él, pensó regodeándose en su propia superioridad, coleccionaba por amor al arte. 

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