sábado, 1 de mayo de 2010

Gorda, cuento completo


Ella se imagina el infierno como un vestidor de Zara: caluroso, estrecho, con la luz amarillenta que se derrama sobre la piel de sus cartucheras resaltando la piel de naranja. Y música techno.


A pesar de todo tenía que ir, porque las opciones estaban entre acercarse a la tienda de ropa o improvisar una túnica con las cortinas del comedor.

Entra en la tienda con pasos pequeños, de miedo o de vergüenza, el cuerpo en tensión, listo para huir nada más encuentre algo que le abroche. Años de de experiencia la han convertido en una mujer práctica: busca lo que quiere, localiza su talla (si la hay) y se lo prueba sin salir del vestidor. No se entretiene, nunca va acompañada. Su baremo a la hora de comprar ropa poco depende de presupuestos o modas, ella lo tiene todo mucho más simple: si la prenda de ropa le entra, se la queda; si no, la deja y levanta el mentón, orgullosa, mientras busca una talla más.


Hoy necesita pantalones y en eso está: tiene cuatro modelos distintos colgados a un lado e intenta no mirarlos mientras se desviste a toda prisa. Tampoco se mira a ella misma al espejo, porque por el estrés o algún cruel efecto ópitico, aquí dentro siempre se ve más gorda, más pálida, más carne que sobra y menos persona.

Se prueba el primer par y cuando las perneras le llegan a la altura del muslo cierra los ojos. Ya nota la resistencia de la tela contra la piel sudada. Por un momento espera oír el rasgar de las costuras, pero el pantalón aguanta. De momento. Ahora la parte difícil. No respira, contrae el abdomen escondiendo la tripa bajo las costillas y abrocha el botón de arriba, luego la cremallera.


Pausa.


Se nota la ropa presionándole el vientre, como si de un momento al otro fuera a partirla en dos. No le quedan del todo mal, pero cree que le están cortando la circulación en las piernas.


El segundo par de pantalones no resulta mucho mejor. Son de tiro bajo, y tiro bajo y culo grande nunca hacen una buena combinación. Son descartados en tiempo récord, ella los deja en un rincón del vestidor y no los mira más para ahorrarse disgustos.


Los terceros, pasables. Abrochan sin mucha dificultad, aunque tendrá que ponérselos con un jersey largo, porque hacen bolsa por la parte de delante. Es una característica común en los pantalones para gordas: todavía te hacen parecer más gorda, pero tendrán que servir.


Sale del probador con la cabeza alta. Hoy podrá llevarse algo a la caja, ni que sean unos pantalones con huevera. Es mejor eso que irse con las manos vacías, porque hubiese tenido que pensar seriamente en lo de las cortinas.


No es hasta que pone lo pies en la calle que lo nota. Es un regusto amargo que le raspa en el paladar y le aprieta la garganta. Podría ser el café de la mañana, que se le repite, o quizá es el sabor de la derrota. En todo caso, una palabra le viene a la mente escrita en letras grandes. No grandes, gordas. Piensa que está gorda. Cuando todavía era una niña y se le podían aplicar diminutivos, estaba gordita, o rellenita. En ese momento nadie se preocupaba demasiado. Decían que cuando pegara el estirón, la trip(it)a desaparecería junto con otros signos distintivos de la infancia –el creer en los Reyes Magos y que todas las niñas pueden ser princesas, por ejemplo–, pero no fue así. Creció toda ella de forma exponencial, y por la zona del ombligo, en vez de cinturita, le apareció un ecuador.

Visto así, parece una persona amargada, pero no lo es. En realidad, es una gorda razonablemente feliz: tiene muchos amigos, un buen trabajo y algún que otro novio en el currículum. Lo que pasa es que, a veces –sobretodo cuando sale a comprar ropa–, sus traumas asoman por la esquina del subconsciente. Entonces la palabra –gorda– no para de resonar dentro de su cabeza. Gorda, que estás gorda. No, no lo está, es. El sobrepeso se ha convertido, con el tiempo, en más que un atributo. Es un estado anímico, piensa en gordo (¿le cabrá el culo en la butaca de ese cine?) forma parte de su esencia. Ella, la gorda. La gorda que es ella. Tiene hasta carácter de gorda (como de buenaza, tranquila, lo malo del mundo le rebota contra las carnes y se va lejos) y gestos de gorda, pequeñitos, para llamar la atención lo menos posible sobre su gorda persona.


Llega a su casa y repite la palabra en voz baja; ge, o, erre, de, con el mal sabor de boca todavía en el paladar. ¿Qué le pasa hoy que no puede olvidarla? Si la salida no ha sido tan grave, ha podido comprarse unos pantalones y todo, no hay motivo para deprimirse así ¿verdad? No, claro que no. Si lo mira fríamente, ha sido un buen día, pero la palabra sigue ahí, traidora, mientras se quita el abrigo. Flota alrededor de su lengua mientras pone una lavadora, la tiene pegada al paladar, como si se hubiera comido un polvorón. Cada minuto la angustia crece, y con la angustia la ansiedad, y con ella el hambre. Para comer pide una pizza familiar a domicilio, un bote de medio litro de helado –nueces de macadamia, el mejor remedio en casos extremos– y patatas fritas mientras mira una adaptación de Jane Austen. Salen hombres en mallas ajustadas y se queda dormida en el sofá.


Está anocheciendo cuando despierta todavía con el maldito adjetivo entre los dientes, migas de pizza sobre la ropa. Se levanta. Ha soñado con el probador de H&M, tiene acidez y el estómago revuelto, como si fuera a vomitar. Lo suyo sería sal de frutas, pero cree que no le queda. Agua con gas debería servir.

No, no sirve, y suerte que es sábado y puede quedarse en casa, porque a eso de las diez llegan los retortijones. Igual la pizza estaba en mal estado, quién sabe. Igual es un castigo divino por darse el atracón en vez de cenar lechuga con lechuga como debería. Alrededor de medianoche el dolor remite, pero hay otra cosa. Se nota la piel tirante, hinchada como si ahí dentro se estuviera cociendo algo, y tiene que tumbarse. Desde el sofá piensa que quizá sea gastroenteritis, pero que ella sepa uno de los síntomas es el abdomen endurecido por la inflamación, pero el suyo –lo comprueba con un dedo que se hunde hasta la segunda falange– está blando. Tampoco tiene ganas de ir al baño ni de vomitar, sólo esa impresión de que dentro de ella algo va mal. Cierra los ojos y por primera vez en todo el día la asaltan las dudas y la angustia. ¿Será algo grave? ¿Una úlcera? ¿Una horrible enfermedad tropical? Lo último que llega es la culpa, que con voz áspera dice que eso le pasa por estar gorda. La gente flaca no tiene tantos problemas de salud. La gente flaca está, por definición, sana. Si ella ya sabe todo eso, le responde su consciencia, pero es culpa de su metabolismo de mierda. Y del mundo, que es cruel. Si no se hubieran burlado de ella, de su inseguridad y de sus michelines quizá hubiera encontrado el valor para no comer a escondidas. Ahí tumbada se siente como una olla a presión y se da cuenta de que lleva diez minutos hablando con ella misma.


Descubre que se había quedado dormida otra vez cuando una luz la despierta. Lo que ya le cuesta un poco más es advertir que la luz no viene de fuera –son las tres y media de la madrugada, faltan horas para el amanecer– sino de dentro. No de dentro del piso, de ella. De su piel, sus párpados, de la punta de los dedos. También tiene ese calor dentro de la tripa, como si se hubiera tragado una estufa. Alarmada, se gira para buscar el teléfono, pero antes de alcanzarlo una punzada de dolor le atraviesa el vientre y la dobla en dos. Sabe que ha gritado, pero los oídos le pitan demasiado como para oírse. El segundo pinchazo la tira del sofá y rueda por el suelo. Dentro de ella es como si alguien hinchara un globo y ve con horror cómo su abdomen palpita con vida propia. Se apoya en el suelo con el brazo derecho, y el otro se lo lleva al ombligo. Grita otra vez al tiempo que el dolor la invade y el resplandor se hace más intenso. Luego hay ese momento de silencio y la luz se apaga. No sabe cómo, pero todo ha desaparecido: el dolor, la hinchazón. Por lo menos se siente cuarenta quilos más ligera y hay un par de ojos mirándola con cara de susto. Que ella sepa, estaba sola en casa.


Ambas dejan escapar un alarido en el mismo momento, con la misma voz. Se ponen en pie con precisión milimétrica y se dan cuenta, al mirarse, que es como estar delante de un espejo. La única diferencia es que cuando una de ellas estira la mano y toca a la otra no da con cristal frío, sino con piel tibia.


Dicen que dentro de cada chica gorda hay una delgada esperando. En su caso había dos, y no salieron de su asombro hasta más o menos media hora después cuando la de la derecha, que estaba más despabilada, sonrió. Nunca supieron por qué les había pasado eso. ¿Magia? ¿Conjunción astral? ¿Al final la pizza sí estaba mala? Decidieron separarse, cada una por su camino, pero se veían una vez al año para saber qué tal les iban las cosas. Una se hizo modelo de lencería fina y fue feliz. La otra –no diremos cual– ganó peso rápidamente, pero también. Nunca más compraron en Zara, por si acaso.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Cuento por entregas (o eso parece)

El cuento de la chica gorda, que me cuesta y lo hago a cachos.


Ella se imagina el infierno como un vestidor de H&M: caluroso, estrecho, con la luz amarillenta que se derrama sobre la piel de sus cartucheras resaltando la piel de naranja. Y música techno. 


A pesar de todo tenía que ir, porque las opciones estaban entre acercarse a la tienda de ropa  o improvisar una túnica con las cortinas del comedor. 

Entra en la tienda con pasos pequeños, de miedo o de vergüenza, el cuerpo en tensión, listo para huir nada más encuentre algo que le abroche. Años de de experiencia la han convertido en una mujer práctica: busca lo que quiere, localiza su talla (si la hay) y se lo prueba sin salir del vestidor. No se entretiene, nunca va acompañada. Su baremo a la hora de comprar ropa poco se fija en presupuestos o en modas, ella lo tiene todo mucho más simple: si la prenda de ropa le entra, se la queda; si no, la deja y levanta el mentón, orgullosa, mientras busca una talla mayor. 


Hoy necesita pantalones y en eso está: tiene cuatro modelos distintos colgados a un lado e intenta no mirarlos mientras se desviste a toda prisa. Tampoco se mira a ella misma al espejo, porque por el estrés o algún cruel efecto ópitico,   aquí dentro siempre se ve más gorda, más pálida, más carne y menos persona. 

Se prueba el primer par, y cuando las perneras le llegan  a la altura del muslo cierra los ojos. Ya nota la resistencia de la tela contra la piel sudada. Por un momento espera oír el rasgar de las costuras, pero el pantalón aguanta. De momento. 

Ahora la parte difícil. No respira, contrae el abdomen escondiendo la tripa bajo las costillas  y abrocha el botón de arriba, luego la cremallera.  

Pausa. 

Se nota la ropa en tensión, presionándole el vientre, como si de un momento al otro fuera a partirla en dos. No le quedan del todo mal, pero cree que le están cortando la circulación en las piernas.  


El segundo par de pantalones no resulta mucho mejor. Son de tiro bajo, y tiro bajo y culo grande nunca hacen una buena combinación. Son descartados en tiempo récord,  ella los deja en un rincón del vestidor y no los mira más para ahorrarse disgustos.


Los terceros, pasables. Abrochan sin mucha dificultad, aunque tendrá que ponérselos con un jersey largo, porque hacen bolsa por la parte de delante. Es una característica común en los pantalones para gordas: todavía te hacen parecer más gorda. Tendrán que servir. 



jueves, 21 de enero de 2010

Todavía sin título.

Sólo es un (mini)avance de otro de esos cuentos que te vienen a la cabeza y nunca sabes muy bien cómo. 



Ella se imagina el infierno como un vestidor de H&M: caluroso, estrecho, con la luz amarillenta que se derrama sobre sus cartucheras resaltando la piel de naranja. Y música techno. 


A pesar de todo ha tenido que ir, porque las opciones estaban entre salir a comprar o vestirse con las cortinas del comedor. 


miércoles, 13 de enero de 2010

Premonición

Otro cuento igual de tonto, pero más largo. 

El invierno más caluroso de los últimos cien años y va y cuando empieza la primavera  llega una ola de frío polar que hiela los campos, las ciudades, y empuja a la gente hacia las montañas para esquiar. ¿Alguien entiende el clima? El clima es una de las muchas cosas incomprensibles que hay en la  vida, como los manuales de uso de los electrodomésticos y la carrera de antropología o, más bien, el por qué  empecé la carrera de antropología para después no terminarla.  

Ahora reparto pizzas. 

Eh, qué pasa, de algo hay que vivir y las pizzas son un alimento muy completo porque llevan hidratos de carbono, proteínas y... bueno, si quieres fibra y vitaminas, te pides una vegetal, que ahora están de oferta y  regalan una ración de alitas de pollo. 

La vida del repartidor está llena de emociones, somos como esos grandes hombres del Renacimiento;  polivalentes. Hábiles pilotos, astutos, veloces, conocedores de mil tretas y atajos de la ciudad, filósofos de la comida rápida.  Tengo una lista interminable de anécdotas que ahora no contaré porque bajo por la calle a toda velocidad, cargado con una carbonara y dos latas de cerveza, y uno no puede distraerse mientras trabaja. Soy una persona muy responsable. Pizzero pero responsable.  

La calle se termina y giro a la derecha, concentrado en un tráfico que este domingo a las tres de la tarde es inexistente, pero nunca está de más ir atento, que la gente conducen como locos.  Yo incluído, pero es que yo soy un profesional y un veterano, que trabajo de esto desde hace un año; la mayoría aguantan tres meses y se ponen de camareros en algun bar de noche. La vida del repartidor a domicilio es dura. Y extraña. Hay que ir a repartir a los lugares más variopintos, con climatologías adversas, a horas intempestivas, a gente rara, gente que deja propina, gente que te chilla por llegar tarde y gente que a veces no tienen cambio. Hoy, por ejemplo, han llamado desde la estación de ferrocarriles.  He repartido en lugares raros, pero este definitivamente se lleva la palma.  Ya estoy llegando. Esto es bueno, porque si tardo más de media hora no me pagan. 

La estación está al final de una calle larga, un gran edificio blanco entre la ciudad y las vías. Siempre me han gustado las estaciones de trenes, me fascina tanto trajín,  tanta maleta arriba y abajo, gente validando billetes o fumando en los andenes. Una vez  tuve una novia que  acostumbraba a venir aquí para relajarse, pero como hace mucho tiempo de eso y además cortó ella y quedamos de malas, no quiero hablar de ello. 

Tampoco quiero hablar de ello porque tanto pensar en esa novia que tuve, en que me gustan las estaciones y toda la mandanga, resulta que ahora me encuentro en una situación bastante violenta o, más bien, violento es el trompazo que me meto cuando, con la cabeza en otra parte, pierdo el control de la moto y choco contra el bordillo de la acera para aterrizar de morros unos metros más allá. 

Suerte de Coco. Coco es mi casco integral y me ha salvado la vida, pienso segundos antes de perder el conocimiento. 

Abre los ojos. Las imágenes le bailan en la cabeza unos segundos, desenfocadas y juguetonas, como si fueran a escapársele de un momento a otro y el chico se frota los párpados. De repente le parece que la atmosfera ha cambiado de textura y ha pasado a tener una cualidad lechosa y cálida, casi como si de un momento a otro el mundo se hubiera vuelto otro mundo, más tranquilo y acogedor. Se sacude los pantalones que se han llenado de polvo y observa la moto, tirada como un animal herido en la cuneta. Cuando saca la pizza ve que contra todo pronóstico está intacta y observa con incredulidad unos paneles publicitarios que, fijados en la fachada de la estación, anuncian el próximo estreno de cantando bajo la lluvia. ¿Por qué la calle está desierta? Cruza un paso de peatones con el semáforo detenido en un rojo granatoso. Todos los colores parecen saturados como si estuvieran a la luz del atardecer. En el hall desierto parpadean los monitores con los destinos de los trenes y los observa unos segundos con ojos entornados. Vía cinco, Regional Express con destino Mallorca. Durante un momento se pregunta, extrañado, que desde cuando hay trenes a Mallorca. El acceso a las vías se hace a través de un paso subterráneo, al chico le recuerda esas historias que  leía en los libros de mitología o se ven el las películas; el túnel, la luz al final, los pasos que resuenan contra las losas de las paredes, las escaleras  hacia arriba, que las sube de dos en dos  y a saltos, impaciente por entregar su pedido. Hay una figura que se recorta a contraluz, esperándole. 

Normalmente se sentiría extrañado, es la primera persona que ve en la estación, pero algo en su interior le dice que no, que todo es como debería ser, que no se preocupe. Le sorprende aún menos reconocerla. Sonríe. 

–Tú no bebías cerveza, – susurra, superando los últimos escalones que le separan de la vía cinco. Ella le sonríe dulcemente mientras estira el brazo y toma la lata que resposa sobre la caja de cartón verde y rojo en el que hay la pizza. La abre y da un sorbo que la hace estremecer de la cabeza a los pies descalzos–. No bebía, pero ahora sí. Ahora puedo hacerlo todo porque todo ha cambiado para mi. ¿Vamos a comer? – Y la chica camina con paso felino hasta los bancos que hay entre panel y panel de publicidad, y le ofrece una porción de pizza. Casualmente es su favorita. Él la mira con los ojos entornados, y abre la segunda lata de cerveza. –¿Has llamado tú? – pero  ya sabe la respuesta, porque claro que ha llamado ella. ¿Quién, si no? No se ve ni un alma en la estación y los paneles informativos parpadean perezosamente, estropeados y marcando obstinadamente las ocho y veintitrés y las siglas UVI con letras rojas  y cuadradas. A lo lejos, las barreras del paso a nivel se han quedado suspendidas a media bajada como si no tuvieran muy claro si viene el tren o no. La pizza está deliciosa. 

–¿Y tus zapatos? – Va descalza. En eso se ha fijado. Va descalza. 

–Perdidos. Se los tragó el río.

–El río. Vaya. 

–Sí. Deberían limpiar las alcantarillas de hojas secas de vez en cuando. 

Y él se ríe, flojito y sosegado, mordisqueando un pedazo de corteza que ya se ha quedado frío. –¿De que te ríes? – pregunta ella, dándole un codazo–. De nada. De que eres la última persona que pensaba encontrar aquí.

–No lo sé. ¿Cuánto hace que no nos vemos?

–Un par o tres  de años, creo. 

–Yo creo que más.

–¿Sí?

–Sí.

–¿Crees en los sueños? 

Ella no responde. Hay un pavo real, macho, con la cola extendida mostrando las plumas como un mosaico azul y verde lleno de ojos fijos en ellos. La chica se encoge de hombros y ladea la cabeza, divertida. –En los sueños puede pasar cualquier cosa, supongo. Por ejemplo... ¿desde cuando en los andenes hay pavos?  – y el animal grazna algo que suena parecido a “apagalaluz” antes de bajar de un saltito a las vías y alejarse con pasos torpes. –¿Es un sueño?– Yo diría que sí. ¿Vamos?– Las barreras del paso a nivel por fin se deciden a bajar a trompicones, despiertas de repente, y un tren se perfila en la lejanía, cada vez más cerca, hasta que se detiene con un suspiro metálico ante ellos, que suben al primer vagón tan vacío como todo lo demás. 

–¿Y ahora dónde vamos? – el paisaje, desde las ventanillas, se va desdibujando a medida que se mueven a más velocidad  y pronto se convierte en una mezcla de verdes, grises y amarillos que se confunden y le marean cuando intenta enfocar la vista en el paisaje. Ella no responde, sólo sonríe, enigmática. –¿Dónde vamos? – y de nuevo nada, así que él se recuesta en el asiento, amodorrado, y va contando las estaciones. Sirena, ambulancia, hospital. Próxima parada: hospital. 

Hospital, hospital, abro los ojos y ¿qué veo? Un médico. Es un médico porque lleva bata de médico y hace cosas de médico como decirme que esté tranquilo y que no me mueva, que tengo un traumatismo craneoencefálico. Este se piensa que soy tonto; todo me duele tanto que lo más que puede hacer mi cuerpo ahora mismo es parpadear. Alguien dice  que vamos a llamar a tus padres, y el pasillo por el que empujan mi camilla se vuelve una mancha de tonos verdes, grises y amarillos que se tornan negros cuando pierdo el conocimiento otra vez. 

Y ahora el chico se despierta en el vagón de tren, detenido en medio de la nada, y se encuentra que está solo y hace un frío que le entra por la tripa y se le extiende por el cuerpo. Mira por la ventanilla, buscándola sin éxito, y se fija en que su aliento no deja marca sobre el cristal. Se ha ido. 

– Ha vuelto en sí –, mi madre está inclinada, mirándome desde muy cerca con cara de preocupación. Me pregunta que cómo me encuentro, que yo me encuentro como si acabara de pegármela con la moto, y que si quiero agua. Sí. Bebo, sorbiendo de una pajita color lavanda y el agua me sabe a cal. ¿He estado soñando en la inconsciencia? No quiere darme papel  y boli cuando se lo pido la primera vez, pero a la quinta cede, y observa mi lista no mucho más atónita de lo que la observo yo: estación, túnel, escaleras, pizza, cerveza, pavo, zapatos. Subrayo pavo y zapatos. Pavo y zapatos. ¿Qué significa todo esto? Lo he oído alguna vez, ¿pero dónde? ¿Qué relación tiene con ella y por qué ha aparecido precisamente en mi sueño? Pensaba que la había olvidado definitivamente. Pavo y zapatos. Tengo mucho tiempo para pensarlo mientras me recupero. 

El traumatismo me tiene en observación durante dos días, días larguísimos. El clima, que como he dicho es imprevisible, se ha vuelto loco y desde que llegué al hospital no ha parado de llover perezosamente. Hace frío, por la tele dicen que la mayor parte los árboles fruteros que empezaban a florecer han sufrido el efecto de las heladas de primavera, y yo no me quito de la cabeza  el pavo y los zapatos, esprando que en cualquier momento algo en mi mente haga “click” y las piezas encajen en su sitio.  Pero no encajan. Al cuarto día me devuelven mi ropa, me visto, mi madre que tiene que irse y no puede acompañarme a casa  me trae un paraguas y los restos de Coco, mi casco, resquebrajado y deforme por el impacto. 

Click. Ese primero no lo oigo. Estoy demasiado ocupado atravesando las puertas del hospital hacia el exterior como para fijarme en este cartel que anuncia una exposición sobre las costumbres funerarias de las culturas antiguas. Click, el mismo cartel en la parte de atrás de la parada del autobús. Me mojo incluso con el paraguas, porque hay un viento que mueve las gotas perpendicularmente y me empapan el bajo del pantalón. En el cartel se muestran varias piezas del museo: un mosaico y el frontal de un sarcófago. Pavos. Zapatos. Click. Para los cristianos primitivos y los cultos de la antigua Roma, el pavo real es un elemento típico en la decoración de las tumbas por estar relacionado con la resurrección al identificársele con el ave fénix. ¿Por qué dentro de mi cabeza sueno como un profesor de historia del arte? Es esperanzador ver que aún recuerdo algo de la universidad.  Mausoleo de Santa Constanza en Roma. Click, los dioses y las personas muertas se representan generalmente sin zapatos, y este tipo de simbología se acaba reflejando incluso en el arte medieval. ¿Para qué necestiaría zapatos alguien muerto y, mucho menos, un dios? Me arrebujo mejor en el abrigo, asustado por mis propias concluisones. ¿Muerta? ¿Me habría enterado, verdad? Aún nos quedan algunos amigos comunes a los que no veo desde hace años, pero a ver, que es imposible. Uno cuando casi se abre la cabeza pierde el conocimiento quizá delira un poco, no habla con su ex-novia de adolescencia, se come una pizza con ella y luego piensa, horrorizado, que quizá esto es una Señal. 

No, no, no, a ver, todo esto es una estúpida casualidad, claro. Es que aún estoy confundido por el golpe, que de seguro eliminó a mis neuronas más espabiladas, y me da por pensar cosas raras. Además según mi madre miro demasiadas películas, y como mi madre siempre acostumbra a tener razón sacudo la cabeza, decidido a olvidar todo este asunto. Ahora voy a ir hacia casa, tomarme un par de aspirinas y meterme en la cama hasta la semana que viene. 

El temporal aúlla violentamente y el viento pasando por las calles estrechas provoca una corriente de órdago que gira paraguas del revés, levanta faldas  y agita las ramas de los árboles. La cabeza me duele, claro, tengo un traumatismo craneoencefálico. Lo raro sería que me encontrara estupendamente, diera saltitos por la calle y entonara las primeras estrofas de “cantando bajo la lluvia”. Qué gran película. Click. ¿Otra vez una pieza que encaja? Parpadeo, en mi cabeza aparece nítidamente la imágen que tuve en mi sueño, premonición, delirio o lo que sea; el cartel de la película. 

No. Un momento, esto es una tontería. 

Tuerzo el morro en una mueca de determinación y sigo avanzando como si nada, hundiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta como si quisiera agujerearlos. Una tontería. Camino hacia mi casa y los pies se me llenan lentamente de agua, encharcando los calcetines y termino por detenerme, fastidiado, en un semáforo en rojo. Y el semáforo sigue rojo. Y sigue. Y sigue. Click. Me siento muy idiota al darme cuenta de que no funciona y cruzo, girando hacia la derecha por la calle Mallorca. Ja. Ja. Mallorca. Esto es sólo una coincidencia. Empiezo a ponerme nervioso. Ja. 

–Esto no tiene gracia, – musito entrecortadamente para mí mismo, y acelero el paso. Cuando quiero darme cuenta he llegado al pie de unas escaleras y la ciudad, asustada por el temporal, está desierta. ¿Que qué hacen aquí unas escaleras? Click. En esta calle hay unas escaleras ascendentes para cubrir un desnivel con respecto a la siguiente. Las subo, no a brincos porque tengo la impresión que la cabeza va a estallarme de un momento a otro, y en la lejanía se oye un trueno que precede a una lluvia más intensa que crea torrentes que bajan los peldaños creando pequeñas cascadas. El reloj de la cruz de farmacia que queda delante mío parpadea, marcando las ocho y veintitrés de la tarde. Estamos a seis grados de temperatura. Click. El puzzle va encajando, pieza por pieza, y ni siquiera me sorprende ya que haya una figura recortada contra la luz de las farolas en la cima de las escaleras. 

Ella me mira, sorprendida. Alza las cejas cuando, apoyándome en las rodillas, entre jadeos, murmuro– no estás muerta. 

Luego, sin previo aviso, la abrazo fuerte y ella del susto no atina ni a apartarse. Luego la miro atentamente, por si acaso da la casualidad  de que va descalza, pero no. Sin embargo, adivinad qué motivo estampado lleva su camiseta. Sí. Un pavo real que me mira con aires de suficiencia. Si no fuera por el sonido de la lluvia que cae, incesante, mi risotada histérica se oiría por toda la ciudad. Ella me pregunta si estoy bien, seguro que por educación; obviamente no lo estoy. No lo estoy, pero cuando sugiere que debería tumbarme simplemente le agarro la mano, fuerte. ¿Cuándo fue la última vez que lo hice? Ah, ya, cuando cortó conmigo hace cinco años y yo no quería que se fuera, claro. Qué tonto soy. 

Me pregunta que qué me pasa, le digo que nada, no me cree, sonrío inocente. Ella sonríe de vuelta. ¿Que si quiero hablar un poco? Claro, pero en un lugar donde no llueva, por favor, y sentados, que anteayer me la pegué con la moto pero tranquila, estoy entero. Sí, yo también me alegro de tener la cabeza dura. Y la jeta hecha de cemento armado, me lo decía siempre, ja, ja.  Sin soltarle la mano la guío calle abajo. Nos acercamos al barrio marítimo donde está la estación de trenes sin saber muy bien por qué, sólo es que me parece más... no lógico, porque todo esto, si una cosa no tiene es lógica. La verdad es que no sé por qué vamos hacia allá, pero vamos y ya está, que hoy la coherencia no es mi punto fuerte. 

Finalmente, nuestro avance se ve abruptamente detenido por un río. Al menos, desde donde estamos, este enorme corriente de agua que atraviesa la calle lo parece. Es que el alcantarillado da asco y se ha colapsado. Ella arruga la nariz, preparándose para saltar. Y saltamos. 

Chilla. Yo la imito cuando el agua congelada me entra en los pies y me entumece los dedos de golpe. Tiro de ella para sacarla de allí y sí,  ella sale, pero click, uno de sus zapatitos decide ver mundo y se resbala de su pie, dejándose arrastrar por la corriente. 

La miro. Me mira. Nos reimos. 

  –¿De que te ríes? – pregunta ella, dándome un codazo–.  De nada. De que eres la última persona que pensaba encontrar aquí. 

–¿Cuanto hace que no nos vemos?

–Un par o tres  de años, creo. 

–Yo creo que más.

–¿Sí?

–Sí.

–¿Crees en los sueños? 

Yo ahora sí. 

El coleccionista

Cuento corto y algo tonto escrito hará un par de años. La culpa la tienen los periódicos, que regalan cosas inútiles y me dan malas ideas. 



Podría decirse que era un coleccionista compulsivo, Podría decirse, sí, pero seguramente eso resultaría ser un eufemismo. Lo suyo era más bien una desenfrenada pasión por las cosas en fascículos. Encontraba un placer morboso en acercarse al quiosco de la esquina en círculos, medio agazapado entre los coches, como un depredador de la selva urbana, y saltar sobre Trini, la propietaria del negocio, agitando en el aire la cartilla de esa semana. Los compraba todos; La Vanguardia, el Periódico, el ABC, el Mundo, el Marca, el País, Mundo Deportivo, el Sport, todos eran introducidos en una misma bolsa y permanecían allí, incómodos y apretados, mirando a sus enemigos editoriales con suspicacia. Al llegar a su casa se sentaba en una silla junto al balcón, bien iluminado. Tenía unas tijeras afiladas y recortaba pulcramente el cupón diario, regocijándose con el chirriar de las dos hojas al cercenar el papel, y luego los pegaba en su lugar perfectamente alineados utilizando pegamento de barra, un día detrás del otro.
En realidad no le importaba qué regalaban con cada periódico, a él lo que le fascinaba era el ritual diario de comprar, recortar, pegar y, una vez la cartilla estaba debidamente cumplimentada, recoger el artículo en cuestión por un precio realmente económico o, a veces, gratis.

Él era feliz así. Muy feliz. Pero la felicidad, como todas las cosas de la vida, a veces se trunca.

Ese día (era sábado por la mañana de invierno, frío pero soleado) caminaba conteniendo las ganas de saltar de impaciencia. Por fin recibiría la primera entrega de una nueva colección: cuchillos de diseño. Estaba especialmente emocionado porque habría una cada semana hasta completar toda la vajilla, mientras que a menudo el regalo sólo llegaba tras meses de árduo trabajo, mientras que tamaña frecuencia le reportaría grandes dosis de emoción extra.

Ni siquiera tuvo la paciencia de confundir su silueta con el entorno ni de avanzar en dirección contraria al viento. Sujetaba fuerte la cartilla en los dedos, y Trini le dedicó una sonrisa que navegaba entre lo afable y receloso. Había algo en la mirada de él, en la forma de mover sus grandes ojos oscuros a uno y otro lado sin cesar, que le hacía venir sudoraciones frías y castañear los dientes, así que tenía su paquete preparado y listo para que se fuera como antes mejor.

Él le tendió el rectángulo de cartón de colores brillantes.

Ella le entregó el cuchillo embalado en plástico de burbujas.

Dándose la vuelta, el coleccionista salió del quiosco.

Quizá si Trini no hubiera cometido el fatal error de comprobar la cartilla, si hubiera confiado en que todo estaba correcto, como siempre, si no le hubiera llamado para comentarle que faltaba uno de los cupones y que lo lamentaba pero tendría que devolverle el paquete ( y si, sobretodo, el traicionero cuadradito de papel de periódico no se hubiera despegado de su soporte para vivir aventuras transportado por la brisa) nada habría ocurrido.

Nada como que él abriera mucho los ojos, incrédulo, que negara la evidencia de que allí donde debería estar el cupón del día quince de enero sólo había un espacio atronadoramente vacío.

Que, desesperado, brandiera el cuchillo en el aire y acabara tomando a Trini como rehén.

Varias horas después, el juez de guardia, un hombre jóven pero de sienes canosas, meneó la cabeza mientras firmaba el acta de defunción

–Es como una epidemia – le comentó, apenado, al forense–; empiezan con una batería de cocina, un mp3, un patinete a motor, y terminan así. Una pena. Han hecho falta media docena de tiros para abatirle.

El forense mordía pensativamente su bolígrafo–. Sí, una pena. Ya van tres esta semana–, dijo, y volvió arrastrando los pies hasta su coche.

Mientras dos de sus subordinados retiraban el precinto policial, el juez pasó una mano por sus plateadas sienes y miró a su alrededor, de pie junto a la camilla. Hubo el crujir de bolsa de plástico negra al abrirse, y, el chasquido de una cámara de fotos. No era una cámara de fotos de verdad, pero era el sonido que tenía preconfigurado en el móvil, porque en el fondo era un romántico.

Al llegar a casa imprimiría la foto y la recortaría pulcramente, con la punta de la lengua asomando de la comisura de los labios, para pegarla en su álbum.

A final de mes no le darían nada, pero él, pensó regodeándose en su propia superioridad, coleccionaba por amor al arte. 

Una entrada inaugural más bien cortita...

En este blog va a haber, básicamente, tonterías. Mis tonterías, que me pasan a menudo por la cabeza y a veces, al cabo de un rato, pasan por el filtro del editor de textos. 

Eso sí, a pesar de todo, espero que las disfrutéis, porque yo lo hago y mucho. 


Advertencia: en los siguientes cuentos, reflexiones y demás memeces, cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia. En el hipotético caso de no ser tanta coincidencia, que quede claro que la cosa va sin malicia alguna.